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[après coup]

20 02 2008

Brújula Coordenadas: 40.441966° N 3.701942° O

03 03 2008

Escribir un libro

«Sin duda, no valdría la pena hacer libros si éstos no le enseñaran al autor algo que no supiera antes, si no lo condujeran a lugares imprevistos, si no lo dispersaran hacia una relación extraña y novedosa consigo mismo. Debe pasarse por la experiencia del dolor y el placer del libro»

Michel Foucault

03 03 2008

Paresía

«Mi pregunta es la siguiente: ¿Cuánto le cuesta al sujeto poder decir la verdad sobre sí mismo? ¿Cuanto le cuesta al sujeto en tanto loco poder decir la verdad sobre sí mismo?… Una totalidad compleja y de muchos estratos con un marco institucionalizado, de relaciones de clase, de conflictos de clase, de modalidades del saber y finalmente toda una historia… Eso es lo que he intentado reconstituir… Y deseo continuarlo con respecto a la sexualidad. ¿Cómo puede el sujeto decir la verdad sobre sí mismo en tanto sujeto de la gratificación sexual, y a qué costo? »

Michel Foucault

10 03 2008

(Ordalía)

Sólo el castigo pudo hacer unívocas, discontinuas, las nociones del género de «culpa» o de «pecado». La alternativa de o no en que nos la encontramos sumergidas no tiene un origen en sí mismo lógico, sino pragmático: la violencia creadora de derecho. Sólo la guerra o la acción ejecutiva, el veredicto de las armas o de los tribunales, imponen disyuntivas tan tajantes como la de inocente o culpable o la de tener razón o no tener razón.

Rafael Sánchez Ferlosio, La hija de la guerra y la madre de la patria.

19 03 2008

Lo que eres

¿Qué ribera quieres alcanzar, corazón mío? Ningún viajero ante ti. Ningún camino.

Kabir dice:
Rechaza toda imaginación y fortalécete en lo que eres.

Kabir

19 03 2008

[Ordalía]

La Ordalía o Juicio de Dios era una institución jurídica que se practicó hasta finales de la Edad Media en Europa.

Su origen se remonta a costumbres paganas comunes entre los bárbaros, y mediante ella se dictaminaba, atendiendo a supuestos mandatos divinos, la inocencia o culpabilidad de una persona o cosa (libros, obras de arte, etcétera) acusada de pecar o de quebrantar las normas.

Consistía en pruebas que mayoritariamente estaban relacionadas con el fuego, tales como sujetar hierros candentes o introducir las manos en una hoguera. En ocasiones también se obligaba a los acusados a permanecer largo tiempo bajo el agua. Si alguien sobrevivía o no resultaba demasiado dañado, se entendía que Dios lo consideraba inocente y no debía recibir castigo alguno.

De estos juicios se deriva la expresión poner la mano en el fuego, para manifestar el respaldo incondicional a algo o a alguien.

En el pueblo hebreo, el acto por el cual se decidía la inocencia o culpabilidad de una persona por medio de pruebas. Se suponía la intervención de la Divinidad, y, en el más antiguo de sus libros, las aguas amargas, se puede considerar como un juicio de Dios.

En Grecia, en Antígona, el poeta griego Sófocles, en el siglo V adC, hace mención a un guerrero, que, habiendo tomado las armas contra su patria, fue castigado negando a su cadáver la sepultura. Una mano desconocida le tributó los últimos honores. Esta infracción de la ley fue atribuida al guarda y depositario de los restos condenados. Éste afirma que es inocente del delito que se le imputa. Ofrece probar su inocencia, bien sea llevando en sus manos un hierro candente, bien sea marchando sobre un brasero encendido, bien jurando por Dios.

Alo largo del tiempo, los tipos de pruebas fueron de dos clases: canóniga y vulgar.

  • La vulgar consistía en las maneras de justificarse inventadas por las supersticiones del pueblo.
  • La canónica, en el juramento prescrito en los cánones, a la que se llamó Juicio de Dios.

El Juicio de Dios parece distinguirse del juramento, según este texto del concilio celebrado en Maguncia el año 888: Aut judicii examine, aut sacramenti protestatione se expurget.

Los anglosajones o normandos diferenciaban este juicio del duelo judicial. Significa una prueba por el agua o hierro candente. En el capítulo LXII de las leyes de Guillermo el Bastardo, dice:Si un francés acusa a un inglés de perjurio defiéndase el inglés a su elección por el juicio de hierro o por el duelo.

Desde los siglos X al XII hubo quien tuvo que sufrir la prueba del fuego, poniendo la mano en un brasero, andando con los pies desnudos por carbones encendidos o atravesando con los pasos contados el espacio entre dos hogueras.

Otros sufrieron la prueba del hierro candente, para lo cual se enrojecían al fuego unas veces nueve o doce rejas de arado, otras un guantelete de armas, donde el acusado debía meter la mano y otras una barra de hierro.

La Ordalía o prueba judicial se realizaba en la iglesia.

A un lado estaba el agua hirviendo, en una caldera puesta al fuego, y al otro una gran cuba donde se echaba agua fría. Las iglesias donde se ejecutaba la prueba caldaria recibían del señor dominante del territorio este privilegio.

Los acusados pagaban al fisco de la iglesia el derecho exigido por la prueba y el agua fría estaba reservada para los villanos o pecheros.

Si la acusación era simple, debían meter la mano en la agua hirviendo hasta la muñeca; pero si compleja, debían sumergir el brazo hasta el codo (véase Leyes de Adelstan) y se envolvía la mano, el juez colocaba un sello y al tercer día se examinaba el resultado de la prueba. Si había quemadura, el acusado era culpable; no habiéndola, inocente.

En los pueblos germánicos, la prueba del agua se usó en Alemania sin los ritos religiosos en las acusaciones de sortilegio.

Otros tipos de juicio eran los siguientes:

El juicio de la Eucaristía estaba destinado a los eclesiásticos, habiendo sido sustituido por el juramento por el concilio de Tribur, pero más de una vez se usó con los seglares.

En las actas de un concilio celebrado en Worms se encuentra cuanto se pueda desear acerca de las fórmulas observadas por este procedimiento, ya que a veces se cometían robos en las abadías. El canon XV dispuso que en tales casos se cantase una misa solemne por el abad o un religiosos designado por él.

Toda la comunidad debía acercarse a la sagrada mesa, y, al recibir cada monje la eucaristía, confesar su inocencia y decir en voz alta lo siguiente: Corpus Domini sit mihi ad probationem hodie.

El Juicio del Espíritu Santo está sacado de la historia eclesiástica. Tenemos un ejemplo notable de esta prueba de cómo el Espíritu Santo presidía el examen de la verdad, que es el siguiente:

Hildebrando, enviado por el papa como legado para deponer a varios prelados culpables de simonía, hizo comparecer al obispo de Treveris, acusado por la voz pública, y dijo lo siguiente: Ven y si posees legítimamente el Espíritu Santo di sin temor Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. El simoníaco alzó la voz y dijo Gloria… pero no acabó la fórmula, y descendió de la silla episcopal.

El Juicio de la Cruz se realizaba del siguiente modo: delante de un altar se colocaban dos personas en pie, inmóviles con los pies juntos y los brazos abiertos en la actitud de un crucificado. Se leía delante de ellas la misa, o los salmos, o el evangelio de la Pasión. El que se movía perdía el pleito. Esta práctica fue abolida en Francia por Ludovico Pío.

El Juicio del corsned consistía en una prueba que se hacía con un pedazo de pan o queso. Estos alimentos se bendecían. Se consagraban con ciertas fórmulas y se hacía sobre ellos la señal de la cruz.

Si el acusado era culpable, sus dientes no llegarían a masticarlo o sus entrañas serían devoradas por un fuego interior, sufriendo todos los efectos de la oración sacramental: Fac eum qui reus erit, Domine, in visceribus angustiare, ejusque guttur conclude.

España

En España encontramos las siguientes ordalías :

  • La pena correspondiente al juicio de Dios más antigua que se usó en España fue la pena caldedaria o prueba del agua hirviendo. Eso se presume leyendo algunas leyes, como el Fuero de León. En este fuero se habla de dos leyes diferentes de esta prueba, que se aplicó a las personas acusadas de homicidio, robo, etc. Se dieron abusos. Para paliar esto, Alfonso VI, en 1072, mandó que solo se verificase la prueba en la catedral de León, pero no hubo un observancia total de esta disposición. Esta pena se siguió aplicando y sancionando en los fueros locales.
  • La prueba del desafío era igualmente admitida. Se encuentra en los fueros de León. En la ley duodécima de esta carta se permite a los acusados purgarse por medio del juramento o combate. Se confirma también en Las Partidas.
  • También se admitía la del hierro ardiendo, pero nunca se usó la prueba del pan y del queso.

Entre varios reglamentos famosos, el fuero de León establecía que si el alcalde y los hombres buenos o derecheros tenían dudas acerca de si el acusado se había quemado o no, debía llamar como peritos a dos fieles herreros que prestaban juramento. El alcalde debía dictar sentencia bajo su testimonio.

30 03 2008

La soledad

¿Acaso la perdida de la intimidad no es, precisamente, ya la soledad?

03 10 2008

El pantano

Todos los que alguna vez hayan pisado inadvertidamente una ciénaga saben bien que salir de ella resulta difícil sobre todo porque los esfuerzos para escapar hacen que uno se hunda más profundamente en el fango. Se puede incluso definir el pantano como una especie de sistema ingenioso construido de tal forma que a pesar de que los objetos sumergidos en él se pueden mover, los movimientos aumentan su “poder de succión“.

Parece que las acciones secuenciales poseen la misma cualidad. El grado hasta el cual el actor se encuentra obligado a perpetuar su acción tiende a aumentar en cada etapa. Los primeros pasos son fáciles y exigen pocos tormentos morales, suponiendo que haya alguno. Los pasos siguientes son cada vez más sobrecogedores. Finalmente, es insoportable avanzar. Sin embargo, para ese momento, también ha aumentado el precio de abandonar. Es decir, el impulso de pararse repentinamente es débil cuando los obstáculos a salvar son débiles o inexistentes. Cuando el impulso se hace más intenso, los obstáculos que se encuentran en cada etapa se van haciendo más fuertes, lo suficiente como para que haya equilibrio. Cuando el actor se encuentra abrumado por el deseo de retroceder, por lo general es demasiado tarde para que pueda hacerlo. Milgram incluyó la acción secuencial entre los principales “factores vinculantes” (es decir, factores que bloquean al sujeto en esa situación). Es tentador atribuir la fuerza de este factor vinculante en concreto al impacto determinante de las acciones pasadas del sujeto.

Sabini y Silver nos ofrecen una descripción brillante y convincente de este mecanismo:

Los sujetos entran en el experimento admitiendo algunos compromisos para cooperar con el experimentador. Después de todo, ellos han estado de acuerdo en participar, aceptado el dinero y probablemente hasta cierto punto aprueben las intenciones de que avance la ciencia. (A los sujetos de Milgram se les dijo que iban a participar en un estudio destinado a descubrir formas de aprender más eficientes). Cuando el que está aprendiendo comete el primer error, se dice a los sujetos que le apliquen una descarga eléctrica. El nivel es de 15 voltios. Una descarga de 15 voltios es totalmente inocua e imperceptible. No existe ningún problema moral aquí. Evidentemente, la segunda descarga es más fuerte, pero sólo ligeramente. De hecho, cada descarga es sólo ligeramente más fuerte que la anterior. La cualidad de la acción del sujeto cambia y de algo totalmente inofensivo pasa a ser desmedida, pero poco a poco. ¿Dónde se debe detener exactamente el sujeto? ¿En qué punto se encuentra la división entre estos dos tipos de acción? Es fácil ver que tiene que haber una línea. Lo que ya no es tan fácil es ver dónde tiene que estar.

El factor más importante , sin embargo, parece ser el siguiente:

Si el sujeto decide que no es permisible aplicar la siguiente descarga, entonces, como ésta es (en todos los casos) sólo ligeramente más intensa que la anterior, ¿cuál es su justificación por haber aplicado la última? Negar la corrección del paso que está a punto de dar implica que el paso anterior tampoco era correcto y esto debilita la posición moral del sujeto. El sujeto se va quedando atrapado por su compromiso gradual con el experimento.

En el curso de la acción secuencial, el actor se convierte en esclavo de sus acciones anteriores. Parece que esta restricción es mucho más fuerte que otros factores vinculantes. Puede durar más tiempo que los factores que al principio de la secuencia parecían más importantes y desempeñaban una función auténticamente decisiva. En especial, la resistencia a volver a evaluar (y condenar) la propia conducta anterior será un estímulo muy fuerte, cada vez más fuerte, para seguir avanzando penosamente mucho después de que el compromiso original con “la causa” casi haya desaparecido. El paso suave e imperceptible de una etapa a otra hace que el actor acabe en una trampa. La trampa es la imposibilidad de abandonar sin revisar y rechazar la evaluación de los propios actos como correctos o, por lo menos, inocentes. La trampa es, en otras palabras, una paradoja: uno no se puede limpiar si no se ha ensuciado antes. Para esconder la suciedad hay que permanecer perpetuamente en el fango.

Zygmunt Bauman

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2 comentarios
  1. joan mesquida permalink

    “El momento del deshielo [desglaç] es un momento doloroso pero abierto. Hay muerte, desaparece el armazón que inmoviliza, pero que también sustenta; lo sólido da paso al intento, aún, de dar forma a lo informe, de ordenar el embate. La desintegración aparente es también la posibilidad de fluir. Lejos queda la rigidez, el envaramiento, los movimientos de autómata, la repetición compulsiva y mecánica de los gestos. Camino fluido, de nuevo sin esquemas ni pautas, que es, a su vez, camino de revivir, de retomar, de reidentificar, de renombrar, de rehacerse.”

    Maria Mercè Marçal – LLENGUA ABOLIDA, 1989.

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