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Si esto es un hombre

Yo podría, yo puedo llegar a ser, en algún momento de mi vida, un musulmán.

«Eso que no se quiere ver a ningún precio es, sin embargo, el “nervio” del campo, el umbral fatal que todos los deportados están a punto de atravesar en cualquier momento. “La fase de musulmán era el terror de los internados, porque ninguno de ellos sabía cuando le llegaría también a el ese destino de musulmán, candidato seguro a las cámaras de gas o a cualquier tipo de muerte»

Hermann Langbein

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Los hundidos

Todos los musulmanes que van al gas tienen la misma historia o, mejor dicho, no tienen historia; han seguido por la pendiente, hasta el fondo, naturalmente, como los arroyos que van a dar a la mar. Una vez en el campo, debido a su esencial incapacidad, o por desgracia, o por culpa de cualquier incidente trivial, se han visto arrollados antes de haber podido adaptarse; han sido vencidos antes de empezar, no se ponen a aprender alemán ni a discernir nada en el infernal enredo de leyes y de prohibiciones, sino cuando su cuerpo es ya una ruina, y nada puede salvarlos de la selección o de la muerte por agotamiento. Su vida es breve pero su número es desmesurado; son ellos, los Muselmannër, los hundidos, el nervio del campo; ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, no hombres que marchan y penan en silencio, apagado en ellos el brillo divino, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamar muerte a su muerte, frente a la cual no albergan temor porque están demasiado cansados para comprenderla. Pueblan mi memoria con su presencia sin rostro, y si pudiera encerrar todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esta imagen que me resulta familiar: un hombre demacrado, con la cabeza inclinada y la espalda encorvada, en cuyos ojos no se puede leer ni rastro de pensamiento.

Primo Levi

Parado en la estación (fragmento)

El desasosiego del cuerpo cansado mientras espero el tren: en esta oscuridad la lectura se detiene. Ausencia que se siente apenas por unas luces.

Desde donde estoy: la embocadura quieta en la que —en algún instante— aparecerá el tren: congelación del transcurso. El camino es la lectura, o viceversa. Señales, crucigramas, laberintos que el cuerpo no inventa. Arte de la memoria interpretar estos neologismos del azar. En la viscosidad de los mensajes jirones de angustia, absurdo. El cuerpo no inventa, sobrevive. Al otro lado del andén pequeños garabatos que se alejan apresuradamente. Nada vibra entre los hierros, en las escaleras que ascienden a la salida, en el corto tramo de vías que se esfuma en la noche.

Necesidad de inventarse de continuo a uno mismo. El arte de la supervivencia: su variedad infinita me sobrecoge.

He dejado atrás el ruido de las puertas al cerrarse. Mientras camino por la estación hacia la salida, el fragor de los últimos vagones aún llena el estrépito del pensamiento. Las señales parece que necesitaran mostrarse entre chirridos, golpes de color, susurro de voces. Como el fuego, forjar lo inexpugnable, colmar los huecos con su presencia estridente, escandalosa.

La calma, que es más bien la angustia del vacío, practica un artilugio del disimulo, una estética del pliegue que la conserva en la invasión.

Funcionar como una máquina. Todas sus partes aceradas. El juego de bielas, tornillos, ruedas, siempre a punto. Muerte por desgaste. Sobrevivir oculto en medio del ruido, en el silencio entre las palabras.

Santiago Mercado

Diciembre de 1978

Sangre de verdad

«¿Se podría escribir un relato sobre un joven, hijo de un siervo, durante un tiempo dependiente de un comercio, niño de coro, escolar, estudiante universitario, acostumbrado a adular a los importantes, a besar la mano a los popes, a aceptar sin preguntas las ideas de los demás y a expresar su gratitud por cada bocado de pan que come; un joven que ha sido azotado con frecuencia, que va sin chanclos a dar lecciones, que se mete en peleas callejeras, tortura animales, gusta de ir a comer a casa de sus parientes ricos, y se comporta de modo hipócrita respecto a Dios y al hombre, sin la más leve excusa, sino sólo porque es consciente de su propia indignidad; se podría escribir un relato de cómo ese joven va extrayendo de sí mismo al esclavo, gota a gota, y cómo, al despertar una mañana, siente que la sangre que corre por sus venas es sangre de verdad y no sangre de esclavo?»

Antón Pávlovich Chéjov

Epitafios

Fu I

Fu I amaba la alta nube y la colina,

Ay, murió de alcohol.

Li Po

Y Li Po también murió borracho.

Quiso abrazar una luna

En el Río Amarillo.

Ezra Pound

haiku

yonaka no
fusuma tóku
shimeraretaru

A medianoche

han cerrado a lo lejos

una mampara.

JÓSAI

haiku

kugi-bako no

kugi ga minna

magatte iru

Todos los clavos

de la caja de clavos

están torcidos.

JÓSAI

NO

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Se agujerean puertas y ventanas para hacer la casa,

y la nada de ellas es lo más útil para ella.

Así pues, en lo que tiene ser está el interés.

Pero en el no ser está la utilidad.

(Lao Tsé)

Balsaín

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Santiago Mercado, 1987 

Surge y se esconde la montaña azul. Vase el agua hacia el infinito.
Muere el otoño al sur del río, mas la hierba está aún viva.
Lucen bajo la luna los veinticuatro puentes.
¿En dónde, hombre de jade, haces tocar la flauta?

Tu Mu

En el despertar de la casa (II)

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Santiago Mercado

6.

Cada vez que vuelves

donde empezó la ausencia

(…) el hueco roto y tapado

pasa inadvertido de nuevo.

Adrienne Rich