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La vida como mi relato

Nietzsche sabía que todo es ficción, y que el único peligro de las ficciones es creérselas definitivamente. La imaginación no es mala, nos hacemos relatos y nuestra biografía también lo es. Pero hay que preguntarse siempre al servicio de quién se pone cada relato (y cada biografía, por tanto) y no olvidar que cada relato es o debería ser nuestro, que somos nosotros mismos quienes debemos crearlos y manejarlos, y no al revés. Es decir, según Nietzsche, que no podemos olvidar que somos artistas, creadores, escritores, inventores de nuestros propios relatos; y que, como los artistas y los escritores, no tenemos derecho a imponer que nadie se los crea y se someta a ellos; nadie, tampoco nosotros mismos.

El problema es el olvido. Artistas y escritores, ciertamente, son más sinceros que los economistas. No olvidan sus ficciones, no olvidan que las ficciones son ficciones, y no las utilizan para utilizar a los demás. El arte es más sincero que la vida. Da como ficción lo que es ficción, y, como, quería Nietzsche, nos hace creadores en vez de súbditos.

Fernando Rampérez

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Zeitnot

Zeitnot: significa “apuros de tiempo”. Se aplica cuando a un jugador le queda muy poco tiempo en el reloj para completar la partida.

Esta es la jugada en que siempre se pierde. Uno está obligado a jugar, pero tiene problemas con el tiempo, cree controlar la situación, il tempo, pero le toca jugar y sus únicas posiblidades son un zugzwang, un trébuchet. ¡Qué banal el narcisismo que le ha hecho concebir que dominaba el tiempo, que tenía conciencia!

18 de junio de 1991

Sin embargo, este descanso fracasado, de origen evidentemente somático o «psicosomático», a veces se presenta como un desafío a la inteligencia, o mejor dicho, a la imaginación del soñador que, en el curso de un sueño o de una secuencia hipnagógica que debería desembocar en descanso, tiene dificultades para seguir su camino y ya no encuentra una continuación plausible para la secuencia que está soñando. Parece un jugador de ajedrez que, llegado a una posición crítica de la partida, es incapaz de encontrar una buena jugada para continuarla. La sanción no tarda en caer: al final perderá, víctima del Zeitnot, o arriesgará un golpe débil que le hará perder la partida.

Clement Rosset

El concepto de “persona”

LLegado a este punto se impone otra tradición conceptual completamente diferente y nueva, y habrá que preguntarse hasta qué extremos ésta nos puede ayudar. Me estoy refiriendo a todo eso que guarda relación con el concepto de “persona”. Como se sabe, la palabra, así como la correspondiente griega de “prosopon”, designa la máscara del actor y, con ello, también el papel que el actor desempeña en el teatro ático y el papel de cada cual en el teatro del mundo. Lo mismo vale para su equivalente latino (”persona”). [Continúa]

Hans-George Gadamer

¿Que autonomía?

Nunca he logrado poder participar de aquella idea del «sujeto autónomo» de la Ilustración. «El Yo no es más que un campo de batalla», me dijo un día un amigo. [Continúa]

Rafael Sánchez Ferlosio

Impresión repentina

Cómo retrocede el tiempo: todavía ayer todos eran más viejos que yo y hoy ya son todos más jóvenes que yo.

Rafael Sánchez Ferlosio

"Ich freue mich auf meinen Tod…" ["Miro para adelante hacia mi muerte…

Cantata Johan Sebastian Bach BWV 82

¿Cuánto le deben nuestras raíces a los libros que hemos leído?

¿Cuánto le deben nuestras raíces a los libros que hemos leído? Todo, mucho o nada: según el ambiente en el que hayamos nacido, la temperatura de nuestra sangre, el laberinto que la suerte nos haya asignado.

Primo Levi

Gitanos y judíos

Gitanos y judíos están hermanados por su origen. Ambos pueblos han vivido durante siglos sin tierra en Europa, dispersados, discriminados en todas partes a causa de su diferencia, expulsados una vez tras otra y en búsqueda de nuevos nichos espaciales y comerciales para seguir existiendo. En la sociedad moderna con su igualdad de derechos que sólo fue garantizada para aquellos que estaban dispuestos a hacerse iguales, se les planteó a ambos el problema de una integración que presupone la adecuación, el abandono de la tradición y la identidad propias. Los nazis, que atribuyeron la diferencia a una determinación racial, los desembarazaron de este problema mediante la solución final de la aniquilación física. ¿Cuál es ahora, ya pasada la pesadilla, la situación de los supervivientes?

[…] Para ellos, los gitanos, la pesadilla no ha acabado. […] El que sólo se fija en la posibilidad de una discriminación latente de una minoría concreta, está ciego para la abierta discriminación que amenaza a otras minorías ahí donde realmente sucede hoy en día entre nosotros. A fin de cuentas, el antisemitismo es sólo una manifestación posible de una enfermedad más profunda que consiste en la incapacidad de conformar la conciencia de la propia identidad colectiva sin despreciar otras identidades culturales y nacionales, llegando hasta la negación de la humanidad de los otros. […] aún hoy día, los gitanos, en comparación con otras minorías nacionales son el objetivo de los prejuicios. […] Los gitanos no son designados como infrahumanos, pero sí que son percibidos y tratados como tales.

[…] En relación con ellos, se pone de manifiesto que existe en la mentalidad e incluso en parte en la legislación una continuidad entre la época del káiser, la República de Weimar, el Tercer Reich y la actualidad, que se expresa ejemplarmente en una frase que forma parte de una sentencia del Tribunal Federal Supremo en 1956: «Las medidas adoptadas por las autoridades nacionalsocialistas contra los gitanos tras 1933 no se distinguen en absoluto de otras acciones similares ocurridas antes de 1933 en la lucha contra los desórdenes provocados por los gitanos».

[…] la superación del pasado ya no es pensable como un acto de delimitación en relación con algo pasado, sino únicamente como superación del presente que nos concierne a todos. Las categorías de culpa y pecado son claramente estériles pues están orientadas hacia el pasado, […] En relación con los gitanos es más claramente reconocible que en otros contextos que los excesos de los nazis sólo eran una escalada de la disposición espiritual presente ya antes de 1933 y en la que aún nos encontramos en la actualidad. Empezando por no-querer-tener-nada-que-ver con una minoría cuyos derechos no son representados por ningún otro Estado y que en caso de necesidad ni siquiera pueden ser deportados a su propio país, pasando por su confinamiento y desplazamiento forzosos, hasta llegar al campo de concentración hay en cada caso un paso de extrema gravedad, pero a fin de cuentas se trata sólo de un paso.

Desde nuestra propia perspectiva, el problema de los gitanos sólo tiene que ver secundariamente con el futuro de los gitanos (algo que en última instancia está en sus manos). Nos preocupa en primer lugar cuál es nuestro deber. Sólo es en segunda instancia un problema jurídico que no se puede resolver ni jurídica ni administrativamente, pues en primera línea es un problema que concierne a nuestro comportamiento social. El prejuicio de que los gitanos son asociales sólo es reflejo de nuestras propias formas de vida asociales: los llamamos asociales porque no se quieren adaptar a nuestra sociedad del esfuerzo en la que se aísla a los individuos. No basta con una reflexión meramente caritativa que, por amor a los gitanos, cambie nuestra opinión de ellos, pues eso los volvería a convertir en objetos. Sólo se acabaría con la maldición si dejáramos de presuponer que nuestra forma de vida debe valer de manera no cuestionable como patrón; si ya no tuviéramos que reprimir en nuestra conciencialos aspectos insatisfactorios y asociales de nuestra forma de vida; si el lugar del miedo al contacto fuera ocupado por una necesidad de contacto con personas que viven de otra manera.

Ernst Tugendhat (1979)

¿De qué te quejas, Santiago?

A sus 12 años, Rebecca Covaciu -ojos grandes, dientes blancos, sonrisa espléndida- ha vivido y visto tantas cosas, que podría escribir, si escribiera, un buen libro de memorias. Rebecca es rumana de etnia romaní, y ha pasado la mitad de su vida en la calle. Ha dormido en una furgoneta, una chabola, al raso.A sus 12 años, Rebecca Covaciu -ojos grandes, dientes blancos, sonrisa espléndida- ha vivido y visto tantas cosas, que podría escribir, si escribiera, un buen libro de memorias. Rebecca es rumana de etnia romaní, y ha pasado la mitad de su vida en la calle. Ha dormido en una furgoneta, una chabola, al raso. Algunos días ha mendigado con sus padres por España e Italia. Otros, ha visto destruir su barraca, ha sido agredida por la policía italiana, ha oído bajo una manta cómo su padre era apaleado por defenderla, ha visto morir a niños por no tener medicinas, ha conocido el miedo de los gitanos que huyeron de Ponticelli (Nápoles) cuando su campamento fue incendiado. Pero Rebecca ha resistido. Y ha conmocionado a Italia con su historia en primera persona. Una carta en la que resume su sueño: ir al colegio y que sus padres tengan trabajo. […]Rebecca salió de su pueblo, Siria jud Arad, cerca de Timisoara, hace cinco años; ahora habla rumano, romaní, italiano y un poco de español. “Lo aprendí en Ávila cuando vivimos en España”, explica en italiano. “No teníamos casa y dormíamos en la furgoneta. Hice allí tercero de primaria, me acuerdo mucho de la profesora. Me quería mucho, le gustaban mis dibujos”.

Rebecca Covaciu, 12 años

Rebecca Covaciu, 12 años

La niña es la líder de su familia. Y gran parte de su futuro. Aparte de su talento para pintar, reconocido por Unicef en mayo pasado cuando le otorgó en Génova el Premio de Arte e Intercultura Café Shakerato, Rebecca es dulce, educada y juiciosa. Mientras habla a toda pastilla, como un libro abierto, sus padres, Stelian, de 43 años, ex campesino y pastor evangelista, y Georgina, de 37; sus hermanos Samuel (17), Manuel (14) y Abel (9), y la mujer de Samuel, Lazania, embarazadísima a los 16, la miran con una mezcla de sorpresa y reverencia, como si fuera una extraña. En cierto modo lo es.

Los Covaciu llegaron a esta casa de noche. Venían en tren, un largo viaje desde Milán. Unos días antes, varios policías habían molido a palos a Stelian. “Me amenazaron con volver si les denunciaba”, recuerda. Lo hizo, y hubo que coger el hatillo.

Ahora, mientras trata de superar el susto y el dolor de los golpes, Stelian, un hombre que cuando habla parece a punto de llorar, se declara “feliz, gracias a Dios y a estos señores italianos tan generosos que nos han dejado su casa”.

Se refiere a G. y A., una pareja de mediana edad que reside en Potenza, la lejana capital de provincia. “Conocimos la historia de Rebecca por Internet, y de la noche a la mañana decidimos refugiarlos en esta casa que no usamos”, explican. A cambio, una firma en un contrato de alquiler gratuito y por un año. G. y A. prefieren no ser identificados. “No queremos convertirnos en prototipo mediático de la familia italiana solidaria”. Pero su altruismo ha devuelto la sonrisa a la prole de Stelian.

La familia llevaba cinco años sin dormir bajo un techo de verdad. “En Siria teníamos casa, pero no teníamos pan”, explica Rebecca, “y comíamos de la limosna de los vecinos. Luego, en Milán, mis padres no encontraron trabajo”, continúa sin dramatismo, “y también teníamos que pedir. No podíamos ir al colegio porque no teníamos casa. Pero ahora me han dicho que podremos ir”.

Para poder acceder a la escuela, los Covaciu necesitan demostrar un domicilio fijo y estar apuntados en el censo municipal. Precisamente ésa es una de las razones que ha invocado el Gobierno italiano para elaborar el polémico censo de la comunidad romaní. De los 140.000 gitanos que viven en el país, la mitad son italianos y casi un tercio son rumanos. Y el 50% son menores de edad. Muchos de ellos están sin escolarizar.

Como otros compatriotas y hermanos de etnia, los Covaciu atravesaron con su furgoneta Hungría y Austria para llegar a Milán cumpliendo el rito del efecto llamada. Tras unos meses probando fortuna, sin éxito, decidieron intentarlo en España. “Un amigo que vivía en Ávila nos dijo que tenía casa, papeles y trabajo, pero llegamos tarde. Metimos a los niños en el colegio, pero no encontramos trabajo. Así que nos fuimos a Torrelavega, estuvimos dos meses. Volvimos a Milán”.

Georgina habla italiano, algo de español y un poco de francés. También vivió en Alemania. “Fue en 1990, Samuel nació allí. Estábamos bien, pero a los dos años nos pagaron un subsidio y nos mandaron a Rumania”. Aunque se define como “mitad rom y mitad no”, lleva 10 dientes con fundas de oro. “¡Sólo cuestan 10 euros cada uno!”, se defiende riéndose. “Nos los puso un médico sirio ambulante en Milán, ahora están de moda en Rumania. La única que se niega a ponérselos es Rebecca”.

Al principio, en Milán, todo iba más o menos bien, recuerda la niña: “Hicimos una chabola con cartón y plásticos debajo de un puente en el barrio de Giambellino”. Era un pequeño asentamiento ilegal donde vivían otras cinco familias de Timisoara. “Para comer, pedíamos en el mercado de los anticuarios. Sólo un par de horas, para que los niños pudieran comer”, asegura la madre bajando los ojos. Como se ve en uno de sus dibujos de Rebecca, también ella mendigó algún “día triste”; su hermano Manuel, al que llaman Ioni, tocaba el acordeón. Leer más…

superstes

En latín hay dos palabras para referirse al testigo. […] La segunda, superstes, hace referencia al que ha vivido una determinada realidad, ha pasado hasta el final por un acontecimiento y está, pues, en condiciones de ofrecer un testimonio sobre él. Es evidente que Primo Levi no es un tercero; es, en todos los sentidos, un superviviente. Pero esto significa asimismo que su testimonio no tiene nada que ver con el establecimiento de los hechos con vistas a un proceso (no es lo suficientemente neutral para ello, no es un terstis). En última instancia, no es el juicio lo que le importa, y todavía menos el perdón. “Yo no aparezco jamás como juez”; “Yo no poseo la autoridad de conceder el perdón… Carezco de autoridad”. Parece incluso que lo único que le interesa es lo que hace que el juicio sea imposible: la zona gris. […]

Y no es que no se pueda o no se deba emitir un juicio. “Si hubiese tenido frente a mí a Eichmann, le habría condenado a muerte”. “Si han cometido un crimen, entonces tienen que pagar”. Lo decisivo es sólo que las cosas no se confundan, que el derecho no albergue la pretensión de agotar el problema. La verdad tiene una consistencia no jurídica, en virtud de la cual la questio facti no puede ser confundida con la questio iuris. Esto es, precisamente, lo que concierne al superviviente: todo aquello que lleva a una acción humana más allá del derecho, todo aquello que la sustrae radicalmente al proceso. “Cualquiera de nosotros puede ser procesado, condenado y ajusticiado sin ni siquiera saber por qué” (Levi).

Giorgio Agamben