Skip to content

Nachträglichkeit

29 03 2008

Recuerdo el placer de cuando mi cuerpo era bañado

29 03 2008

¿Debe un hombre cegarse para dejar ser padre y llegar a ser un hombre?

Blind

29 03 2008

El padre de familia

Esto suele ocurrir después de una fuerte pérdida en el juego o después de una borrachera; cuando se pilla un catarro. Stepán Stepánich Zhilin se despierta con un estado de ánimo insólitamente sombrío. Se le ve avinagrado, arrugado, el cabello revuelto; en su rostro grisáceo, una expresión de descontento: o el hombre está ofendido o siente repugnancia por algo. Se viste despacito, toma despacio su agua de Vichy y empieza a recorrer todas las estancias.
—Quisiera saber quién es el anima-a-al que pasa por ahí y no cierra las puertas —balbucea irritado, arrebujándose en el batín y escupiendo ruidosamente—. ¡ Recoged ese papel ! ¿ Por qué está tirado aquí ? Tenemos veinte criados y hay menos orden en esta casa que en un hostal. ¿ Quién ha llamado ? ¿ Quién ha venido ?
—Es la abuela Anfisa, la que hizo de comadrona cuando nació nuestra Fiedia —responde la esposa.
—Zanganean por aquí… ¡ gorrones !
—No hay quien te entienda, Stepán Stepánich. Tú  mismo la has invitado y ahora riñes.
—No riño, hablo. ¡ Mejor sería que te ocupases de alguna cosa, mamita, en vez de estarte sentada con los brazos cruzados y metiéndote en las discusiones ! ¡ No comprendo a estas mujeres, lo juro por mi honor ! ¡ No lo compren-do ! ¿ Cómo pueden pasarse los días enteros sin hacer nada ? El marido trabaja, se rompe el pecho, como un buey, como un animal-a-al, pero la mujer, la compañera de la vida, se queda sentada como una muñequita, no hace nada y espera sólo la ocasión de matar el aburrimiento regañando un poco con el marido. ¡ Ya es hora, mamita, de dejar estas costumbres de colegiala ! ¡ Ya no eres una colegiala, una señorita, sino una madre, una esposa ! ¿ te vuelves de espalda ? ¡ Ah, ya ! ¿ es desagradable escuchar verdades amargas ?
—Es extraño que sólo digas verdades amargas cuando te duele el hígado.
—Eso, empieza las escenas, empieza…
—¿ Estuviste en la ciudad ayer ? ¿ O estuviste jugando en casa de alguien ?
—¿ Y si fuera así ? ¿ Qué le importa a nadie ? ¿ Estoy obligado, acaso, a rendir cuentas a alguien ? Si pierdo dinero, ¿ no es el mío ? Lo que gasto yo y lo que se gasta en esta casa, me pertenece a mí. ¿ Lo oís ? ¡ A mí !
Y así sucesivamente, todo por el estilo. Pero en ningún otro tiempo Stepán Stepánich suele ser tan juicios, tan bondadoso, tan severo y justo como durante la comida, cuando en torno suyo está sentada toda la gente de la casa. Se suele empezar con la sopa. Engullida la primera cucharada, Zhilin, de pronto, frunce el ceño y deja de comer.
—El demonio sabe qué es esto… —balbucea—. Está visto que me tocará comer en la fonda.
—¡ Qué pasa ? —se alarma la esposa—. ¿ acaso no es buena la sopa ?
—¡ No sé qué gusto de cerdo se ha de tener para comer esta bazofia ! Está salada, huele a trapos… tiene chinches en vez de cebolla… ¡ es, sencillamente, indignante, Anfisa Ivánovna ! —se vuelve hacia la abuela invitada—. Cada día se da un saco de dinero para la compra… uno se priva de todo ¡ y aquí tienes la comida que te dan ! Lo que desean, seguramente, es que yo deje la oficina y me vaya a la cocina a ocuparme de los guisos.
—La sopa hoy está buena… —observa tímidamente la institutriz.
—¿ Sí ? ¿ Le parece a usted ? —dice Zhilin, , mirándola con los ojos entronados, irritado—. Aunque cada uno tiene sus gustos. Se ha de reconocer que, en general, usted y yo, Varvara Vasílievna, tenemos gustos muy distintos. A usted, por ejemplo, le gusta la conducta de este muchacho (Zhilin, con gesto trágico, señala a su hijo Fiedia), usted está entusiasmada con él, pero yo… yo me indigno. ¡ Sí !
Fiedia, un muchacho de siete años, de cara pálida y enfermiza, deja de comer y baja los ojos. El rostro se le pone aún más pálido.
—Sí, usted está entusiasmada, pero yo me indigno… No sé quien de los dos tiene razón, pero me atrevo a pensar que yo, como padre, conozco a mi propio hijo mejor que usted. ¡ Mire, cómo está sentado ! ¿ Acaso están sentados de este modo los niños bien educados ? ¡ Siéntate bien !
Fiedia levanta la barbilla, estira el cuello y tiene la impresión de que está mejor sentado. Las lágrimas le brotan en los ojos.
—¡ Come ! ¡ Coge bien la cuchara ! ¡ Espera, vas a ver como te meto yo en cintura, mamarracho ! ¡ No te atrevas a llorar ! ¡ Mírame a la cara !
Fideia se esfuerza por mirar a la cara, pero la cara le tiembla y los se le llenan de lágrimas.
—¡ A-a-ah !… ¿ lloras ? ¿ La culpa es tuya, y lloras ? ¡ Hala, ponte en un rincón, animal !
—Pero… ¡ déjale comer primero ! —intercede la mujer.
Fiedia, torciendo la cara y con movimientos convulsivos en todo el cuerpo, se desliza de la silla y se dirige a un rincón.
—¡ Ya verás lo que te espera ! —continúa el progenitor—. Si nadie desea ocuparse de tu educación, que no se ocupen, empezaré yo… ¡ A mí, hermano, no me haces una travesura ni vas a llorar a la hora de comer ! ¡ Bobo ! ¡ Hay que hacer algo ! ¿ Comprendes ? ¡ Hacer algo ! Tu padre trabaja, ¡ trabaja tú también ! ¡ Nadie debe comer el pan en vano ! ¡ Hay que ser un hombre ! ¡Un hom-bre !
—¡ Basta, por el amor de Dios ! —ruega la esposa en francés—. Por lo menos ante los extraños no nos comas… La vieja lo oye todo, y ahora, gracias a ella, se enterará toda la ciudad…
—No tengo miedo a los extraños —responde Zhilin en ruso—. , Anfisa Ivánovna ve que yo hablo con razón. Pues qué, ¿ qué te parece que he de estar contento con este pillete ? ¿ Sabes cuánto me cuesta ? ¿Sabes, abominable pillete, cuánto me cuestas ? ¿ Crees que me fabrico el dinero o que me lo dan gratis ? ¡ No llores ! ¡ A callar ! ¿ Es que quieres que te azote, bribón del diablo ?
Fiedia se pone a chillar y a llorar a grito pelado.
—¡ Esto ya es insoportable ! —dice su madre, levantándose de la mesa y arrojando la servilleta—. ¡ Nunca nos dejas comer en paz ! ¡Mira dónde tengo yo tu pan !
Se señala el occipucio y, llevándose el pañuelo a los ojos, sale del comedor.
—Se ha ofendido, rezonga Zhilin, sonriendo a la fuerza. —. Ha sido educada con guante blanco… Ya ve, Anfisa Ivánovna, hoy no gusta escuchar las verdades…. ¡ Y los culpables aún somos nosotros !
Transcurren unos minutos en silencio. Zhilin recorre los platos con la vista y, observando que aún nadie ha tocado la sopa, suspira profundamente y mira con insistencia la cara de la institutriz, colorada y llena de inquietud.
—¿ Por qué no come, Varvara Vasílievna ? —pregunta. ¿ Así, pues, se ha ofendido ? Ya… La verdad no gusta. Bueno, perdone, soy así, no puedo hacer el hipócrita…. Siempre digo las cosas claras (Suspiro.) Sin embargo, observo que mi presencia resulta desagradable. Delante de mí no pueden hablar ni comer… ¿ Qué quiere que le haga ?… Si me lo hubieran dicho me habría ido… Y me iré.
Zhilin se levanta y, lleno de dignidad, se dirige a la puerta. Al pasar por delante de Fiedia, que está llorando, se detiene.
—¡ Después de todo lo que aquí ha ocurrido, está usted li-i-bre ! —dice a Fiedia, levantando dignamente la cabeza hacia atrás—. No me mezclo más en su educación. ¡ Me lavo las manos ! Le pido mil perdones si, sinceramente, como padre, deseándole el bien, le he incomodado a usted y a sus directoras. Al mismo tiempo, de una vez para siempre declino toda responsabilidad por su suerte…
Fiedia chilla y llora aún con más fuerza. Zhilin se vuelve con dignidad hacia la puerta y se retira a su dormitorio.
Deshilvanando un sueño después de la comida, Zhilin comienza a sentir remordimientos de conciencia. Tiene vergüenza por la mujer, por el hijo, por Anfisa Ivánovna e incluso se le hace insoportablemente penoso recordar lo sucedido a la hora de comer, pero el amor propio es demasiado grande, falta Valentía para ser sincero y Zhilin sigue poniendo cara fosca y refunfuña…
Al día siguiente, cuando se despierta por la mañana, se encuentra de muy buen humor y silba alegremente mientras se lava. Cuando entra en el comedor a tomar café, encuentra allí a Fiedia, quien, al ver a su padre, se levanta y se le queda mirando, desconcertado.
—¿ Qué tal, jovencito ? —pregunta alegre Zhilin, sentándose a la mesa —. ¿ Qué hay de nuevo, jovencito ? ¿ Vamos tirando ? A ver, pequeñín, acércate y da un beso a tu papá.
Fiedia, pálido, con la cara seria, se acerca a su padre y con temblorosos labios le roza la mejilla; luego se aparta y, en silencio, se sienta en su lugar.

Antón Pávlovich Chéjov

Anuncios
3 comentarios
  1. R.S. permalink

    Tal vez uno debería cegarse para llegar a ser un hombre y para llegar a ser padre

  2. Cristina R. permalink

    “Ser madre todo el día, a la manera de toda la vida, o estar con un hombre en la manera tradicional de matrimonio, requiere un dejar a un lado la actividad imaginativa, y demanda, de alguna manera, un cierto tipo de conservadurismo. Quiero dejar claro que no estoy diciendo que para escribir, crear, pensar, sea necesario estar inaccesible a los demás o convertirse en un ego devorador. Pero ser una mujer intentando realizar funciones tradicionalmente femeninas entra en conflicto directo con la función subversiva de la imaginación. Y sostengo que debe haber caminos, y los iremos encontrando, en los que la energía de la creación y la energía de la relación estén unidas […] pero por aquel entonces yo me sentía o culpable hacia los más cercanos a mí, o culpable hacia mi misma. Escribía muy poco, casi nada, por la fatiga que el cuidado familiar me imponía y la discontinuidad de los miles de pequeñas tareas que ejecutaba. Lo que más me asustaba era la sensación de ser arrastrada por una corriente que yo llamaba destino pero que me iba haciendo perder el contacto con lo que yo había sido, con mi propia voluntad y energía. Si había dudas, periodos de profunda depresión o de activa desesperanza, eso sólo indicaba que yo era desagradecida, insaciable, quizás un monstruo. La elección estaba entre el amor (altruista, protector, maternal, definido así por la cultura) y una fuerza interna que me hacía soñar con otra vida: más creativa, más ambiciosa, más libre; a veces incluso a expensas de los demás de manera justificada […] Yo intuía que había una interconexión de relaciones y que si yo era capaz de percibirlas y validarlas, sería capaz de recuperar mi persona y funcionar de manera apasionada y lúcida. En esas oscuras redes me movía. Y fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que la política está no sólo “ahí fuera”, sino “aquí dentro”, incluso en el lecho conyugal, y que formaba parte de la esencia de mi condición.”

    “Cuando nosotras, las muertas, despertamos”

  3. anónimo permalink

    LUCE IRIGARAY: Y LA UNA NO SE MUEVE SIN LA OTRA
    (sobre el rechazo a lo femenino y lo materno, sus aspectos destructivos para las mujeres, y la entrada en el orden simbólico)
    —————-
    Con tu leche, madre, he bebido el azogue helado. Y héme aquí ahora con este hielo en el interior. Y ando todavia peor que tú, y me muevo aún menos que tú. Has fluido en mí, y este líquido caliente se ha convertido en un veneno que me paraliza. Mi sangre ya no circula hasta los pies ni las manos ni en lo alto de la cabeza. Se inmoviliza, molesta por el frio. Parada por bloques que se resisten a su flujo. Se queda en el corazón, cerca del corazón.
    Y ya no puedo correr hacia lo que amo. Y cuanto más amo, más cautiva me siento, retenida por un entumecimiento que me agarrota en el mismo lugar. Y me enfurezco, me debato, chillo -quiero salir de esta cárcel.
    Pero ¿qué cárcel? ¿Dónde estoy recluida? No veo nada que me encierre. Es dentro donde estoy a salvo y en mí donde estoy presa. ¿Como salir fuera? ¿Y por que estoy presa en mí? Me vigilas, me miras. Siempre deseas que esté bajo tus ojos para protegerme. Tienes miedo de que me ocurra algo. ¿Temes que me ocurra algo? ¿Pero puede ocurrir algo peor que estar tendida así dia y noche? Ya mayor y siempre en la cuna. Siempre dependiente de alguien que me sostenga, que me alimente. ¿Quien me sostenga? ¿Quién me alimente? […]
    No quiero más este cuerpo lleno, obturado, inmovilizado. No, quiero aire. Y si tu me relacionas una y otra vez con la ciega asimilación de ti – ¿pero quien, tú?-, si tu apartas de mi tu rostro, dándote a mí únicarnente bajo una forma ya inanimada, y abandonándome a los hombres competentes para deshacerme de mi/tu parálisis, me giro hacia mi padre. Te dejo por quien me parece más vivo que tú. Por quien no me prepara nada para comer. Por quien me deja vacia de él, con la boca abierta ante su verdad. Le sigo con la mirada, escucho lo que dice, intento andar detrás de él …
    Sale de casa, voy tras él. Adios, madre. Jamás me haré a tu imagen […]
    En tu sangre, en tu leche, fluian espejismos desérticos. Se mezclaba, aún fluido, lo que seria el hielo de todo intercambio. Lo imposible entre nosotras. Yo transformada, a la fuerza, en lo inhabitable de tus imágenes. Tú ansiosa de que yo creciera, anduviera, corriera, para vencer tu lisiadura. Para que tu cuerpo se moviera al ritmo de tu deseo de verte vivir, me encerraste en tu falta de mirada sobre ti. En la ausencia de un amor suscitando o acompañando la movilidad de tus rasgos, de tus gestos.
    Me has deseado, tal ha sido este amor de t¡. Agarrotada en esta envidia de tu espectáculo, estaba petrificada en la representación de tu dependencia […]
    Pero nunca nos hemos hablado. Y ahora tal abismo nos separa que salgo de ti entera pero indefinidamente retenida en tu vientre. Sepultada en la sombra. Cautivas de nuestro precinto. Y la una no se mueve sin la otra. Pero sólo juntas nos movemos. Cuando una viene al mundo, la otra cae bajo tierra. Cuando una lleva la vida, la otra muere. Y lo que esperaba de ti, es que, dejándome
    nacer, permanecieras también viva.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: