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Como mi padre ya he muerto

01 07 2010

No hay padre más que muerto

La frase de Lacan que postula que no hay padre más que muerto es explicada desde el punto de vista etnológico por parte de Alfred Adler, para quien esta afirmación no reviste ningún misterio con respecto a prácticas de poblaciones que ha estudiado en Chad. En efecto, el acceso al estatuto de padre en estas poblaciones sólo puede ser obra de hijos iniciados, y se sitúa después de la muerte simbólica del padre: “Esta frase significa, simplemente, que no es posible acceder al estatuto de padre en vida” (Alfred Adler).

F. Dosse

07 05 2008

Éste es el aspecto que tendrá mi muerte

Los últimos días de mi padre fueron largos y agónicos; mi madre, mi hermana y yo nos turnábamos para velar despiertos mientras él entraba y salía de la conciencia, rodeado por el rumor de muerte de las bombonas de oxígeno que le ayudaban a retener un aliento que poco a poco se le iba escapando. Tras sobrevivir a la Navidad, tal como era su terco deseo, fue llevado a un hospital local para que siguiera bajo cuidado mientras todos nos tomábamos un descanso y recuperábamos algo de sueño. Cuando lo levantaban para meterlo en la ambulancia, me miró a los ojos y extendió la mano. retuvo mi mano en la suya durante algunos segundos y asintió sin decir nada. Había algo concluyente en su gesto. Conduje de regreso a casa, unos 110 quilómetros de distancia, pensando en lo huesuda y pequeña que parecía ahora su mano, y en cómo había cambiado la mano grande y cálida que recuerdo de mi infancia. Esa noche, la situación de mi padre empeoró y a primera hora de la mañana mi hermana me llamó para decirme que se estaba muriendo. Conduje como un loco, pero llegué veinte minutos tarde a su muerte y me encontré a todo el mundo reunido en silencio en la sala de espera del hospital. Una enfermera me llevó hasta la habitación para que lo viera y me dejó solo. La luz estaba apagada y había pocos muebles. Su cuerpo yacía bajo la pálida luz invernal, cubierto sólo por una sábana: pequeño, marchitado, devastado por el cáncer. No me quedé más de cinco minutos a solas con él, primero de pie, petrificado, luego sentado, hasta que finalmente reuní el valor para tocarle las mejillas y la nariz, acariciar su frente. Estaba fría. Así que éste era el aspecto de la muerte, pensé. Éste es el aspecto que tendrá mi muerte.

Simon Critchley

Simon Critchley

13 05 2008

¿La muerte en serie?

En Auschwitz no se moría, se producían cadáveres. Cadáveres sin muerte, no-hombres cuyo fallecimiento es envilecido como producción en serie. Según una interpretación posible y muy difundida, es justamente esta degradación de la muerte lo que constituye el ultraje específico de Auschwitz, el nombre propio de su horror.

[…]

Que el envilecimiento de la muerte constituya el problema específico de Auschwitz no es, sin embargo, algo que pueda darse por descontado. Y lo prueban las contradicciones en que quedan atrapados aquellos que afrontan Auschwitz desde esta perspectiva. como también estos autores que, muchos años antes de Auschwitz, habían denunciado la degradación de la muerte de nuestro tiempo. El primero de todos ellos es, naturalmente, Rilke, quien constituye la fuente imprevisible de la que deriva, más o menos directamente, la expresión de Entress sobre la producción en cadena de la muerte en los campos. “Ahora se muere en 559 camas. En serie (fabrikmässig), naturalmente. Es evidente que, a causa de una producción tan intensa, cada muerte individual no queda tan bien acabada, pero esto importa poco…” Y, durante los mismos años, Péguy, en un pasaje que Adorno evocaría de nuevo a propósito de Auschwitz, había hablado de la pérdida de la dignidad de la muerte en el mundo moderno: “El mundo moderno ha conseguido envilecer lo que era quizás lo más difícil de envilecer en el mundo, porque es algo que tiene en sí, como en su textura misma, una suerte de dignidad particular, como una incapacidad singular para ser envilecido : envilece la muerte”.

Giorgio Agamben

13 05 2008

El todo de la nada

Durante un momento, está el cuerpo. Es poco, pero es algo. Un lugar. El cuerpo sin vida, inerte, falaz. Es poco, pero algo hay. Un hogar cerrado, clausurado. Un origen desvanecido.

Durante un momento, el cuerpo es lo que queda. En el cuerpo está todo, aunque ya no quede nada, aunque sea sólo un cuerpo.

Luego, el cuerpo deja de estar. Y entonces llega la nada. Y la nada no es nada más que nada. Ausencia pura. Inasible, intangible, inimaginable.

Luego, algo más tarde, el cuerpo que ya no era nada deja de ser del todo. Y sólo queda la nada. La nada donde está el todo.

Y es el todo el que nos abruma. El todo de la nada… que revienta la memoria y hace trizas las palabras.

Miguel Á. Hernández-Navarro

Miguel Ángel Hernández Navarro

13 05 2008

¿Mueren?

La expresión “fabricación de cadáveres” para definir los campos de exterminio, había sido ya utilizada en 1949 por Martin Heidegger, maestro de Arendt en Friburgo hacia la mitad de los años veinte. Y, curiosamente, la “fabricación de cadáveres” suponía también esta vez —como ya en Levi— que para las víctimas del exterminio no se podía hablar de muerte, que no morían verdaderamente, que no eran más que piezas producidas en un proceso de trabajo en cadena. “Mueren en masa, por centenares de miles”, reza el texto de una conferencia pronunciada por el filósofo en Brema con el título Die Gefahr (El peligro):

“¿Mueren? Perecen. Son eliminados. ¿Mueren? Se convierten en piezas del almacén de fabricación de cadáveres. ¿Mueren? Son liquidados imperceptiblemente en los campos de exterminio… Pero morir (sterben) significa: soportar la muerte en el propio ser. Poder morir significa: ser capaz de ese soportar. Y nosotros sólo somos capaces de ello, si nuestro ser acepta el ser de la muerte… Por todas partes la inmensa miseria de innumerables, atroces muertes no muertas (ungestorbener Tode) y, sin embargo, la esencia de la muerte le está vedada al hombre” (Heidegger)

Giorgio Agamben

13 05 2008

Una muerte muerta

Pero, ¿qué habría podido ser, en los campos, una muerte muerta, una muerte soportada en el propio ser? ¿Y tiene algún sentido distinguir en Auschwitz entre una muerte propia y una impropia?

Giorgio Agamben

25 08 2008

Suicidios silenciosos

«Nunca, en ninguna época y en ninguna otra civilización, se ha pensado tanto y tan constantemente en la edad; la gente tiene en la cabeza una idea muy simple del futuro: llegará un momento en que la suma de los placeres físicos que uno puede esperar de la vida sea inferior a la suma de los dolores (uno siente, en el fondo de sí mismo, el giro del contador; y el contador siempre gira en el mismo sentido). Este examen racional de placeres y dolores, que cada uno se ve empujado a hacer tarde o temprano, conduce inexorablemente a partir de cierta edad al suicidio. Es divertido observar que Deleuze y Debord, dos respetados intelectuales de fin de siglo, se suicidaron sin motivos concretos, sólo porque no soportaban la perspectiva de su propia decadencia física. Estos suicidios no provocaron ningún comentario; en general, los suicidios de la gente mayor, que son los más frecuentes, nos parecen hoy en día perfectamente lógicos»

Michel Houllebecq


18 09 2008

La imagen de su muerte

En abril de 1992 me encontraba en Dublín impartiendo clases en el Trinity College, Como mi madre convalecía en el hospital tras una operación seria pero corriente, yo llamaba por teléfono con regularidad para informarme sobre su estado. Una de esas llamadas me trajo la noticia de que había sufrido una complicación grave durante la noche: la rotura de la incisión quirúrgica entre el esófago y el estómago. Se había producido una infección interna general, tenía fiebre y, aunque estaba recibiendo los mejores cuidados en un hospital excelente, su vida corría peligro. La noticia me hizo sentir como si me perforaran el estómago con un clavo. Con la ayuda de mis anfitriones, hice los preparativos para regresar en el próximo vuelo, que no salía hasta el día siguiente. Esa tarde impartí la clase programada sobre el tema de las emociones. Yo no era la filósofa entusiasta y autosuficiente que impartía una clase o, más bien, no era sólo eso, sino también una persona traspasada por el mundo y que a duras penas contenía las lágrimas. Esa noche soñé que mi madre aparecía en mi cuarto del Trinity College, en su cama del hospital, muy demacrada y encogida, en posición fetal. La miré sintiendo una efusión de afecto y le dije «mami guapa». De repente, se levantó, joven y bella como en las viejas fotografías de cuando yo tenía 2 o 3 años. Me sonrió con su característico y cálido ingenio y me dijo que los demás podían llamarla maravillosa, pero que ella prefería de lejos que la llamaran guapa.

Martha C. Nussbaum

Durante el vuelo transatlántico del día siguiente, contemplé con esperanza esa imagen de salud. Pero también pasó ante mí, con mayor frecuencia, la imagen de su muerte, y mi cuerpo quería interponerse frente a ella, negarla. Me temblaban las manos mientras escribía unos párrafos de una charla sobre la clemencia y la comprensión narrativa de los criminales. Y sentía, todo el tiempo, una cólera intensa pero imprecisa: contra los médicos, por permitir que la crisis se produjera; contra los auxiliares de vuelo, por sonreír como si todo fuese normal; sobre todo contra mí misma, por no haber sido capaz de impedir que esto sucediese o por no haber estado con ella cuando ocurrió.

Al llegar a Filadelfia llamé a la unidad de cuidados intensivos del hospital y la enfermera me comunicó que mi madre había muerto hacía veinte minutos. Mi hermana, que vivía allí, estaba con ella y le había dicho que yo estaba de camino. La enfermera me alentó a ir y ver cómo la amortajaban. Me apresuré por las sucias calles del centro como si se pudiera hacer algo. Al final de un laberinto de pasillos, pasada la cafetería en la que los trabajadores del hospital charlaban y reían, encontré la unidad quirúrgica de cuidados intensivos. Conducida por una enfermera vi, tras una cortina, a mi madre acostada boca arriba, tal como la había visto a menudo dormir en casa. Llevaba puesta su mejor bata, la del cuello de encaje. Estaba impecablemente maquillada (las enfermeras, que le habían tomado mucho cariño, me dijeron que sabían lo importante que siempre había sido para ella llevar bien pintados los labios). Tenía un tubo apenas visible en la nariz, pero no estaba conectado a nada. Lloré de forma incontrolable y, mientras, las enfermeras me traían vasos de agua. Una hora después iba hacia mi hotel en una furgoneta del hospital, llevando su pequeña maleta roja con su ropa y los libros que yo le había dado para leer en el hospital, extraños vestigios que parecían no pertenecer ya al mundo, como si hubieran debido desaparecer con su vida.

En las semanas siguientes, pasé por períodos de llanto angustioso; días enteros de una fatiga aplastante; pesadillas en las que me sentía a la vez desprotegida y sola, y parecía notar como si un extraño animal caminara por mi cama. También experimente ira: contra las enfermeras, por no prolongarle la vida hasta que yo llegara, aunque sabía que seguían las instrucciones escritas de no tomar «medidas extraordinarias»; contra los médicos, por dejar que una operación común desencadenara una catástrofe, aunque no tenía motivos para sospechar que había habido una mala praxis; contra la gente que me hacía llamadas de trabajo como si no pasase nada, aunque sabía que era imposible que estuviesen al tanto. Pero es que lo apropiado en ese caso parecía que era estar enfadada, y es imposible estarlo con la mortalidad misma. Sobre todo, sentía rabia contra mí misma por no haber estado con ella a causa de mi intensa dedicación profesional y de mi inquebrantable determinación de trabajar, que siempre me había impedido verla tanto como mi hermana. Y aunque me recordaba a mí misma que de hecho la había visto a menudo en los últimos meses y que me había informado bien, preguntando concienzudamente a los médicos sobre su estado, antes de ir a Irlanda, me seguía culpando por mi desatención, mis enfados y todas las faltas de amor que podía hallar en mi relación con ella; y otras que quizá me inventé. Mientras contemplaba mi conferencia sobre la clemencia y el perdón, me culpaba a mí misma con el máximo rigor.

No obstante, acabé mi disertación y la leí poco después de viajar con mi hija al funeral. Y advertí lo siguiente: que la estructura continua de la vida diaria con mi hija, con mi trabajo, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo y las personas a las que quiero, la estructura relativamente inalterada de mis expectativas acerca de que ocurriría en esa vida cotidiana el día siguiente y el posterior a éste, hacía que la aflicción resultase menos caótica para mí que para mi hermana, la cual había vivido cerca de mi madre y la había visto casi a diario. Aunque considero que la queríamos por igual, había una asimetría en el modo en que la vida trataba ese amor, lo cual originaba una asimetría en la duración de la emoción. Por otra parte, aunque mi vida en ese momento estaba menos trastornada, tenía la extraña sensación de haber sido desposeída de su historia, de ya no ser alguien que contaba con un pasado familiar. Por esta razón me llenó de alegría ver a mi ex marido en el funeral, pues reconocía en él veinte años de vida con mi madre, y sabía que él los reconocería en mí y evidenciaba su existencia. Durante el oficio las intervenciones de muchas personas a las que había ayudado también me animaron, ya que probaban la continuidad de su influencia en el mundo. Y hacer algo similar a lo que constituye mi actividad profesional habitual, pronunciar unas palabras en nombre de la familia, me hizo sentir menos indefensa, pese a lo cual abrigué sospechas sobre el propio acto en tanto posible signo de imperfección de mi amor.

Martha C. Nussbaum


18 09 2008

¿Veinte minutos tarde?

06 11 2008

Como mis padres ya he muerto

Poco tiempo atrás habían muerto sus padres. Su padre murió silenciosamente, estaba enfermo, pero no parecía especialmente grave, estaba triste y callado y cuando murió pensó que no le había prestado suficiente atención, que sólo se había dedicado a dar vueltas por diversos países y por el activismo para eludir encuentros turbadores. La pasión política era la pasión de los nuevos hermanos y un lugar de pertenencia ante tanta confusión. Sólo tenía un vínculo con el padre: la culpa; ni quería mirarle a los ojos ni adentrarse en su constante silencio que no tenía para él otro razón de ser que el fracaso. La muerte de su madre tuvo una presencia real más inquietante, pues estaba con ella en un hospital comarcal desde donde contemplaba los ocres y amarillos del verano y padecía el olor nauseabundo del río Guadalevín. La agonía de ese cuerpo avejentado quedó como una huella imborrable. La noche en que ella murió, un cura acudió demasiado tarde a un ritual de todos modos inútil, pero para él mismo que nunca consiguió ser creyente, sin embargo, lo que más ansiaba y que tanto le extraviaba, yendo de mano en mano, de militancia en militancia, de creencia en creencia, para él mismo ese ritual lúgubre ante la mirada callada, aburrida y derrotada de los otros enfermos, era algo que cobraba un extraño sentido. Aquel cura que hacía esos rezos rápidos y que mostraba una manifiesta prisa por irse, podría constituir un consuelo, una compañía en esa soledad de la muerte de la madre. Aquel rostro inmóvil y pálido ya no reviviría. No quería seguir allí y empezó a moverse por los pasillos, los teléfonos y los rituales de la muerte. En la soledad de esa calurosa noche de julio, se acentuó el anhelo de reparación, de hacer algo por los demás, ante el silencio y el miedo que sentía.

Francisco Pereña

09 11 2008

Regocijándome saludo a mi muerte, ¡Ah, ojalá hubiese venido ya! Escaparía entonces de todo dolor que me encarcela aquí, en este mundo

[YOUTUBE=http://es.youtube.com/watch?v=5YIN0xYUSW0]

I have enough I, 1, 2005Caja de luz. 52x156x18 cm. Ed/3.

Alexandra Ranner

11 11 2008

Adiós. Hasta mañana

William Maxwell

William Maxwell

Tras tumbarme durante seis meses en el diván de un psicoanalista —de esto hace mucho tiempo—, reviví aquellos paseos nocturnos cogido de la cintura de mi padre. De la sala al vestíbulo, luego, media vuelta junto al reloj del abuelo, de ahí a la biblioteca y de la biblioteca a la sala. De la biblioteca la comedor, donde mi madre yacía en su féretro. Nos quedábamos los dos mirándola.  Yo quería decirle a aquel hombre paternal que no era mi padre, al viejo vienés, oto exiliado, de gruesas gafas y acento germánico, yo quería decirle “No pude soportarlo”, pero lo que salió de mi boca fue “No puedo soportarlo”. Esta confesión fue seguida de un torrente de lágrimas como jamás había tenido, ni siquiera de niño. Me levanté del diván de cuero y, creo recordar, salí de la consulta por la Sexta Avenida hasta mi oficina… Otros niños pudieron soportarlo. Mi hermana mayor lo soportó, más o menos. Yo no pude. (p. 135)

William Maxwell

27 11 2008

¡Ojalá ya hubiera muerto!

HAMLET

¡Ojalá que esta carne tan firme, tan sólida,

se fundiera y derritiera hecha rocío,

o el Eterno no hubiera promulgado

una ley contra el suicidio! ¡Ah, Dios, Dios,

qué enojosos, rancios, inútiles e inertes

me parecen los hábitos del mundo!

¡Me repugna! Es un jardín sin cuidar,

echado a perder: invadido hasta los bordes

por hierbas infectas. ¡Haber llegado a esto!

William Shakespeare

12 12 2008

Sigmund Freud

Sigmund Freud, London

Sigmund Freud, London

En una carta escrita en el último año de su vida, Freud habla de una «nueva reaparición de mi querido y viejo cáncer con el que vengo compartiendo mi existencia desde hace dieciséis años». Entre abril de 1923 y su muerte, Freud fue operado en numerosas ocasiones de cáncer de boca, mandíbula y paladar. Las estimaciones oscilan entre las veintidós y las treinta y tres operaciones. La causa era su hábito de fumar puros sin parar, hasta veinte al día, hábito sin el cual Freud era incapaz de pensar ni escribir, y al que nunca renunció.

Freud vivió en un dolor constante, pero el único fármaco que tomó hasta el final fue un poco de aspirina. En una carta a Stefan Zweig, quien posteriormente también hablaría en su funeral, escribe: «Prefiero pensar con tormento que no ser capaz en absoluto». Durante los últimos meses de su vida Freud desarrolló una tumoración en su mejilla que emitía un olor tan desagradable que su perro favorito, un chow chow (Freud era un gran aficionado a los perros), se negaba a quedarse junto a él y se acurrucaba en un rincón de la habitación. Una vez que el tumor traspasó su mejilla, y con el cuerpo atrofiado debido a su incapacidad para comer, Freud le dijo a Max Schur, su médico de confianza: Mi querido Schur, usted recuerda nuestra primera conversación. usted me prometió que me ayudaría cuando yo ya no pudiera seguir. Ahora es sólo una tortura y ya no tiene ningún sentido. Schur le administró morfina a Freud, y éste se quedó plácidamente dormido, hasta que falleció al día siguiente. Freud tenía un carácter bastante morboso y decía que pensaba en la muerte todos los días. También tenía la extraña costumbre de despedirse de los amigos con estas palabras: «Adiós; puede que no me volváis a ver nunca». Sin entrar en el debate sobre el instinto de muerte, según el cual Freud afirma, de una forma que claramente tiene su origen en Schopenhauer, que la meta del esfuerzo humano es un estado inerte donde cese toda actividad, existe también un evidente deseo de muerte por parte de Freud. Tras sufrir un desvanecimiento en Munich en 1912, las primeras palabras de Freud al recobrar el conocimiento fueron: «Qué dulce debe de ser morir». No obstante, la reacción de Freud a su sufrimiento físico demuestra una ausencia total de autocompasión y una aceptación de la realidad. Freud no dio muestras de lamento ni irritación por su dolorosa enfermedad, sino que lo aceptaba y estaba resignado a su destino. En Freud no hay ni celebración ni evasión del sufrimiento, lo que le acerca mucho más a Epicuro y a Montaigne que a Schopenhauer. Hay simplemente una aceptación lúcida de la realidad y del dolor que puede traer consigo. Como dijo Ernest Jones en su oración fúnebre en el crematorio de Golders Green, al norte de Londres, pocas semanas después del estallido de la II Guerra Mundial: Si alguna vez puede decirse que un hombre ha derrotado a la misma muerte, que ha vivido a despecho del Rey de los Terrores, que a él no le daba ningún terror, ese hombre es Freud.

Simon Critchley

26 01 2009

La muerte no es ningún acontecimiento de la vida

La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive. Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino la intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente. Nuestra vida es tan infinita como ilimitado nuestro campo visual. La inmortalidad temporal del alma humana, esto es, su eterno sobrevivir aún después de la muerte, no sólo no está garantizada de ningún modo, sino que tal suposición no nos proporciona, en principio, lo que merced a ella se ha deseado siempre conseguir. ¿Se resuelve quizás un enigma por el hecho de que yo sobreviva eternamente? Y esta vida eterna ¿no es tan enigmática como la presente? La solución del enigma de la vida en el espacio y en el tiempo está fuera del espacio y del tiempo.

Ludwig Wittgenstein

21 09 2010

La felicidad de mi existencia, tal vez su carácter único, se debe a su fatalidad

Friedrich Nietzsche

La felicidad de mi existencia, tal vez su carácter único, se debe a su fatalidad: yo, para expresarme en forma enigmática, como mi padre ya he muerto, y como mi madre todavía vivo y voy haciéndome viejo. […]

Mi padre murió a los treinta y seis años: era delicado, amable y enfermizo, como un ser destinado tan sólo a pasar de largo, —más una bondadosa evocación de la vida que la vida misma. En el mismo año que su vida se hundió, se hundió también la mía: en el año treinta y seis de mi existencia llegué al punto más bajo de mi vitalidad, — aún vivía pero no veía tres pasos delante de mí. […]

Considero un gran privilegio haber tenido el padre que tuve: los campesinos a quienes predicaba —pues los últimos años fue predicador, tras haber vivido algunos años en la corte de Altenburgo— decían que un ángel habría de tener sin duda un aspecto similar. — Y con esto toco el tema de la raza. Yo soy un aristócrata polaco pur sang [pura sangre], al que ni una sola gota de sangre mala se le ha mezclado, y, menos que ninguna, sangre alemana. Cuando busco la antítesis más profunda de mí mismo, la incalculable vulgaridad de los instintos, encuentro siempre a mi madre y a mi hermana, — creer que yo estoy emparentado con tal canaille [gentuza] sería una blasfemia contra mi divinidad. El trato que me dan mi madre y mi hermana hasta este momento, me inspira un horror indecible: aquí trabaja una perfecta máquina infernal, que conoce con seguridad infalible el instante en que se me puede herir cruentamente — en mis instantes supremos… pues entonces falta toda fuerza para defenderse contra gusanos venenosos… La contigüidad fisiológica hace posible tal disharmonia praestabilita [desarmonía preestablecida]… Confieso que la objeción más honda contra el «eterno retorno», que es mi pensamiento auténticamente abismal, son siempre mi madre y mi hermana. […]

No he entendido jamás el arte de predisponer a los demás en contra mía —también esto lo debo a mi incomparable padre— ni aun en los casos en que ello me parecía de gran valor. Ni siquiera en contra mía he estado yo predispuesto, aunque ello pudiera parecer muy poco cristiano.

Friedrich Nietzsche

03 10 2010

Él está intentando morirse

«De pequeño creí, ingenuamente, que nunca me faltaría un padre al lado, y parece, en efecto, que era verdad, que nunca me faltará. Por torpe y complicada que haya sido nuestra relación a veces, afectada por diferencias de opinión, falsas expectativas, modos radicalmente distintos de experimentar Norteamérica, sometida a tensiones por el choque de dos temperamentos igual de impacientes y obstinados, y perjudicada por la tosquedad masculina, mi vínculo con él siempre ha sido omnipresente, Es más: ahora que ya no me llama la atención por sus abultados bíceps y sus constreñimientos morales, ahora que ya no es el hombre de mayor tamaño con quien he de luchar…, ahora que ya no estoy muy lejos de ser yo también un anciano, soy capaz de reírle los chistes y cogerle la mano y preocuparme de su bienestar. Ahora puedo amarlo como quería amarlo a los dieciséis, diecisiete y dieciocho, momento en que ya tenía suficiente con ocuparme de él y plantarle cara, y en que amarlo me resultaba sencillamente imposible: lo imposible por antonomasia, a pesar de que siempre lo respeté por la carga tan especial que llevaba a hombros y por su manera de enfrentarse a un sistema que él no había elegido. El mítico papel del chico judío que se cría en el seno de una familia como la mía para convertirse en el héroe que su padre no consiguió ser… Bien podría afirmarse ya, ahora, que he estado a la altura, pero no del modo en que estaba preordinado. Tras cerca de cuarenta años viviendo lejos de casa, al fin me hallo equipado para el ser el más cariñoso de los hijos…, precisamente ahora, cuando él ya tiene otras cosas de que ocuparse. El está intentando morirse. No lo dice, ni tampoco lo piensa, seguramente, con esas palabras, pero en eso consiste ahora su tarea: a pesar de su lucha por sobrevivir, no se le escapa —nunca se le ha escapado— en qué consiste su verdadera labor.

Intentar morirse no es lo mismo que cometer suicidio; de hecho, puede resultar más difícil, teniendo en cuenta que lo que intentas hacer es lo que menos deseas que ocurra: lo temes, pero ahí está, y hay que hacerlo, y nadie puede hacerlo por ti. Lo ha intentado dos veces en los últimos años: en dos oportunidades se puso tan enfermo, de pronto, que tuve que regresar a Estados Unidos —en aquella época pasaba la mitad del año en el extranjero— para encontrármelo con apenas la fuerza suficiente para trasladarse del sofá al televisor sin irse agarrando a todas las sillas que había en su camino. Y aunque el médico, tras penosos exámenes, nunca lograba descubrir qué le pasaba, el caso era que él se iba cada noche a la cama con el convencimiento de que no despertaría a la mañana siguiente; y cuando llegaba la mañana siguiente, y se despertaba, tardaba quince minutos en sentarse al borde de la cama, y una hora en afeitarse y vestirse. Luego, sólo Dios sabe cuánto tiempo podía pasarse inmóvil sentado ante un tazón de cereales que no tenía ninguna gana de comerse.

Philip Roth

Yo estaba tan convencido como él que hasta ahí habíamos llegado, pero ninguna de las dos veces lo logró, y al cabo de unas semanas recuperó las fuerzas para volver a ser él mismo…»

Philip Roth

4 comentarios
  1. pilar permalink

    espero que la imagen de la muerte no sea lo último que uno vea en esta vida, prefiero una total oscuridad o el reencuentro de un ser querido en las puertas de algo, llamémoslo destino final de esta cruel vida.

  2. robert lowell permalink

    “No, no, amigo mio, ¡partamos! Han pasado seis meses
    desde que mi padre oyó el mugido del océano y botó
    su barca sobre las espumas del Egeo,
    blancas como una calavera.
    ¡Escucha! El mar pálido nos llama… ¡lejos, lejos, lejos!
    Seguiré a mi padre hasta la fuente
    y el marjal del infierno. Partamos. Vivo o muerto,
    daré con él.”
    (R. Lowell)

  3. carmen mercado permalink

    Querido hermano. Leyendo el texto de Simon Critchley en “Como mi padre ya he muerto” enseguida he comprendido porque lo has elegido. Es asombroso la similitud con la muerte de nuestro queridísimo hermano Luis Miguel. Eso es la muerte. Un vacío total. Tan vacío que es imposible imaginarlo, ya que, si así fuera, ya no sería vacío porque contendría un pensamiento, un sentimiento, imaginación…
    Que orgulloso estaría Miguel de ti. Igual que yo. Te quiero tanto que no puedo ni expresarlo.
    Sigue así, nunca te des por vencido, si no perderemos todos
    Tu hermana pequeña.

  4. anónimo permalink

    Qué soledad me transmite esa cabecita a la que va llevando la corriente en el video. ¿Por qué no saca los brazos y nada a la orilla? Me digo que la muerte nunca debería ser algo a lo que uno se entrega. Sin embargo, ella parece relajada, entregada, sin desconsuelo, casi feliz. Extrañamente a salvo. Me gustaría mucho saber a qué conclusión ha llegado.

    Un amigo mio me dice con frecuencia, “pero estamos vivos, estamos vivos.” Yo no sé muy bien a qué se refiere, pero como confío mucho en sus palabras, supongo que debe ser verdad, aunque a veces cueste tanto creerlo y me parezca, como le pasa a esa cabecita en el río, que muchos vamos tan a la deriva, parcheando simplemente las inclemencias del tiempo, incapaces de hacer ningún movimiento autónomo y salvador, en un tiempo suspendido y oscuro que no nos ancla en profundidad a nada . Quizás muchos de nosotros, como dice Celan “dormimos como el vino en los cuencos”, como bellos durmientes que sobreviven así temporalmente hasta que algo o alguien los despierte otra vez.

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